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Mi pequeña Varsovia.

Se llamaba Varsovia, mi vida era rubia y de ojos grises. Nos íbamos a prometer el futuro y nos destrozábamos todas las noches a besos. Y me fui como un valiente en llamas o un cobarde ahogado, no soporté la idea de no poder volver a vivirla y huí.

Segovia nunca apostó por mí cuando era solo un espejo ¿Sabes? A veces recuerdo cómo creía en la posibilidad de encerrarme en una de sus calles para no poder volver a recordarla jamás. Aquella mañana de Abril, ella mis cien primaveras, estaba nublada. Estaba preciosa. Volaban sobre nosotros mil golondrinas, la plaza mayor sonreía y cómo iluminaba amigo mío.

A veces queremos creer que un vacío tiene fin. A veces tiritamos en busca de  razones. A veces queremos volarnos en destellos y así me enamoré. De cada una de sus sonrisas hechas rincones, que la gente fotografía, que los demás descubren y olvidan. A veces solo hace falta levantar la mirada y aprender a aceptar que equivocarnos solo forma parte del camino.

Y ahora solo te pido que perdones a este ciego en ruinas que nunca supo ver lo mucho que le querías. Que nunca supo vivirte como merecías y que ahora no dejará de retratarte. A ti, la ilusión de mi vida.


Te quiero, mi pequeña Varsovia. Te quiero, ciudad mía. 

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