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Relato (I).


NUNCA LLEGÓ A SER TARDE

El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil, su piel era oscura, sus huesos prominentes y sus ojos ardían con fuego  perpetuo.

Erguido sobre una banqueta   desteñida verde soledad, deslizaba sus manos sobre aquél viejo piano de pie quebrado. Cada nota, cada suspiro, cada bemol y fa sostenido, creaban en mí, una dependencia inusual, atrapada cada noche más, en ese sonido.

Me presento como ese nadie que ambula por un mismo bulevar. Cuando en las calles solo hay sitio para miradas oscuras entre farolas desgastadas con  leve luminosidad; en busca de inspiración, en busca de evasión, en busca de una plenitud que plasmar en mi reconocida base, sobre la que perseverar.  Soy autor.

Me cansé de buscar una musa sobre la que escribir.  Me cansé de intentar comprender por qué yo no logré conformarme con mi realidad.  Me cansé de escribir poemas para la revista local.  Me cansé de ser yo y ahora escapo de este no ser.

Me desprendía de mi heredado sobrero gris y sin cruzar mirada alguna musitaba lo mismo que mañana, lo mismo que ayer, un vaso del que beber.  Ron en mano me dirigía, como cada noche, como cada día, hacia esa quinta mesa que algún día se reía de este pobre desalmado treintañero, que a duras penas allí sentado, lograba huir, de él.

Algo tenía aquel hombre anciano, aquel hombre del piano. Su música provocaba en mi un sentimiento familiar, su música me llevó a sentarme durante años en la misma mesa cada noche, con la misma copa, con la mismas ganas de escucharle de nuevo, con la misma esperanza de poder algún día, saber quién era él, y quien era Yo.

Los jueves eran los días en los que no veía la luz, pues solo salía de casa por el día. A aquél hombre del piano lo sustituía un vinilo de Corelli, todos y cada uno de los insufribles e interminables jueves.

Lograba volver a escribir con su música, volver a sentirme yo, volver a llenar arrugadas servilletas de libertad. Con su música lograba ser yo. Pero ¿Quién era él?

Lo único que le dotaba de realidad a aquel pianista era su música, nadie conocía su procedencia, nadie conocía bajo que techo dormía, nadie escuchó su música antes, nadie se interesó por él jamás y esto hizo más difícil aún, llegar al fin de la cuestión.

Tantos escribieron sobre nuestra catedral, sobre el azul del Tormes, sobre las conchas más famosas de la ciudad y sobre esos picos que se esconden.  Sobre esos Víctores que se alzan orgullosos, sobre esa rana y su calavera, sobre esa plaza siempre tan llena. Majestuosa se alza Salamanca, mi ciudad.  Por eso me dolía no encontrar inspiración entre sus elegantes calles. ¿Dónde mejor que aquí? me solía preguntar; por ello me encerraba en aquel boulevard.

Pero esta realidad se convirtió en deseo y una noche de jueves soñé que volvía.  Mi figura se paseaba por sus paredes algo maceradas, no pude detenerme en aquella quinta mesa, no era yo el que sostenía el vaso de ron, que con cuidado lo apoyaba sobre el piano de pie quebrado. La Figura en la que estaba atrapado se sentó en la desteñida banqueta verde soledad, y comenzó a tocar. Era aquel hombre del piano pero no era yo el que tocaba. No podía ser yo.

Logré levantar la mirada hacia mi familiar quinta mesa y pude ver una joven figura blanca que me miraba con expectación, era yo. El anciano pianista era yo, la figura blanca era yo, la música era yo. Y desperté.

Mi desmesurada dependencia y deseos de elevarme por su música hasta la más exquisita inspiración, me había llevado a una enfermiza obsesión. Atrapado hasta en mis sueños, débil ante mi perpetua soledad, llegue a sentirme  igual de vacío que antes de empezar a escuchar  aquella música con aires de ilegalidad.

Por primera vez en 12 años, aquella noche de viernes, no volví a pisar de nuevo el boulevard. Decidí ser fuerte, decidí ser yo el que se sublevaba contra mi obsesión, decidí empezar con ese futuro, y cada vez más presente, Yo.

Salamanca, mi madre testigo, me vio envejecer huyendo de mi obsesión. La simpleza  que inundó aquellas páginas de mi vida, me impide avanzar y la humildad de la que me rodeé, inventar.

Dejé de buscar esa ansiada nueva vida y ella vino a mí. Fue un mediocre trabajo de por vida, pues cada jueves subía a lo más alto de su catedral, buenamente limpiando esa azotea de renombre, que me enseñó a amar la libertad.

Tantos fueron los años soleados a los que estuve expuesto allí arriba, que mi piel oscureció y mi alma ensanchó y me enseñó a ser Yo, como dice Pablo Neruda:

Sin reflexionar,

Inconscientemente,

Irresponsablemente,

Involuntariamente,

Por instinto,

Por impulso,

Irracionalmente.

 

Nadie volvió a saber noticia alguna de las barbas blancas de aquel anciano pianista.

Nadie volvió a aquel boulevard en busca de libertad.

Nadie preguntó jamás por él.

“Aquel hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil”, gracias a  estos largos brazos logré alcanzar los rincones de los tejados de la catedral.

 “Su piel era oscura”, los años que pasé allí arriba expuesto al sol dejaron su firma.

 Sus huesos prominentes”, pues envejecí y crecí moralmente.

 Y sus ojos ardían con fuego  perpetuo” . Volveré a tocar, junto a una copa de Ron, en mi banqueta desteñida verde soledad.
 
(Empiece, señalado en cursiva,  cedido altruistamente por Mario Vargas Llosa).

2 comentarios:

  1. No hay palabras para decirte lo increíble que eres,lo que trasmites con palabras, lo que haces sentir al leer párrafo tras párrafo, lo que enganchas.
    M.R.

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    1. Gracias por dejar que comparta mi día a día contigo, M.R ♥

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