Vengo en busca de una respuesta que al parecer no es dueña de nadie, al igual que yo no lo era de tu incompetencia, y así fue.
Como siempre nada te paraba en exceso, excepto la espera enfocada hacia una intención de atentar contra un suspiro o una sonrisa bañada en alcohol. Pero a ti siempre te gustó lamer las heridas que dejaba el paso de tu provocación. Como cada noche, al error.
Sabías desde ya hace unas cuantas frases que terminaría en una equivocación. Esperabas a que mis tacones me elevasen y llevasen hasta lo más profundo de un callejón y allí violabas cualquier pacto entre tu literatura y yo.
Fumabas entre versos todo lo que tu razón no llegó a comprender y lograbas que diese bocanadas de ese humo alejándome hacia un mundo felinamente tuyo.
Lograbas que no me preguntase por qué debía bajar de tu escenario una última vez. Escuchar una ovación que me perteneció cuando a tu lado dejé de ser yo, para fundirme contra tu pared.
Eras esa voz que se pierde entre gritos de revolución. Me enseñaste a no querer, a utilizar el verbo morder, soñar, correr.
Buscaba tu mirada platónica de aprobación a través del reflejo de un espejo de cara a una barra de bar. A tu silueta envejecida por el desgaste de tu descarada niñez.
Te reías de todo cuanto te rodeaba, te reías como si no tuvieses un ayer. Un motivo por el que pedir otra copa más. Me enseñaste a vencer.
Y ahora, querido, me pregunto que haces sobre mi cama,
otra vez.
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